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martes, 8 de octubre de 2013

Así intentó la Casa del Rey negociar con ETA a espaldas de Felipe González.

Inigualable artículo de investigación Manuel Cerdán para El Confidencial según el cual, quién en su día fuera secretario general de la Casa del Rey, José Joaquín Puig de la Bellacasa, estableció contactos con ETA en 1990 a través de intermediarios para conseguir de la banda terrorista una tregua y el inicio de unas conversaciones de paz. El diplomático, que llevaba en su cargo tan sólo ocho meses y estaba llamado a sustituir al jefe de la Casa, Sabino Fernández Campo, hizo llegar los mensajes a la organización armada por medio de su amigo, el popular intermediario ya fallecido, Juan Félix Eriz.

Las gestiones del secretario de La Zarzuela aparecieron en un documento de ETA que la Guardia Civil intervino a la banda durante una operación antiterrorista en el sur de Francia. Se ha desvelado el contenido de ese informe interno de ETA y descubre los verdaderos motivos que provocaron la salida precipitada del secretario de la Casa Real. Veintidós años después, ve la luz uno de los secretos mejor guardados de la institución regia. El ex-ministro del Interior, José Luis Corcuera, y el ex-director de la Guardia Civil, Luis Roldán, han confirmado la información.

Las gestiones del secretario se realizaban a espaldas del Gobierno de Felipe González, que había renovado la mayoría absoluta parlamentaria en las elecciones de 1989. Unos meses antes, en el mes de abril, ETA había anunciado el fin de una tregua tras fracasar las conversaciones de Argel, entre el Gobierno socialista y la dirección de la banda, representada por Eugenio Etxebeste, Antxon.

En esas fechas, tras la ruptura de la tregua, la Casa Real estaba obsesionada por la seguridad de los Juegos Olímpicos de Barcelona, previstos para dos años después, y no renunciaba a otro periodo de inactividad terrorista. La Policía había logrado reducir a la plana mayor de Terra Lliure, la versión catalana de ETA, pero se veía impotente ante la operatividad de la organización terrorista vasca. En 1989, ETA había asesinado a 19 personas y, en 1990, a 25. En 1992, España tenía previsto, además, organizar en Sevilla la Expo Internacional.

Juan Félix Eriz, el intermediario de Puig de la Bellacasa, era un viejo conocido de las Fuerzas de Seguridad; no en balde, había participado como intermediario ante la banda en los secuestros de los empresarios vascos Arrasate, Garavilla, Lipperheide, Allende, y Orbegozo, entre otros. De su etapa de exiliado en el sur de Francia conservaba una buena relación con dirigentes de ETA, principalmente cono Juan José Etxabe.

Eriz, asimismo, durante la etapa de Martin Villa al frente del Ministerio de Gobernación, la versión preconstitucional de Interior, había participado junto al periodista José María Portell en varios contactos con ETA. La banda respondió con el asesinato del periodista vasco.

Dos visitantes del despacho de Manglano.

Eriz y Puig de la Bellacasa eran asiduos visitantes del despacho del general Emilio Alonso Manglano en la sede del CESID en la Cuesta de las Perdices de Madrid. Al diplomático y al director de los servicios secretos les unía una larga amistad y otras actividades, según confirmó a Cerdán un estrecho colaborador del general fallecido recientemente.

Un ex-colaborador de la Casa del Rey mantiene que la iniciativa de Puig de la Bellacasa ante ETA era acorde con su personalidad: "Era muy peliculero. En cierta ocasión que el Rey se iba a entrevistar en secreto con Jordi Pujol, le reservó una habitación en el Palace con un nombre falso y lo llevó a La Zarzuela en el maletero de un coche para eludir, según él, al aparato franquista".

Puig de la Bellacasa, nacido en Bilbao en 1931, de padre catalán y madre vasca, era un diplomático de carrera desde los años de Fernando María Castiella. Desde muy joven se manifestó como un monárquico convencido y un asiduo visitante de la residencia de Don Juan en Estoril, del que estuvo a punto de ser su secretario.

El diplomático ya había ocupado un alto cargo en la Casa del Rey. En 1974 fue designado por el todavía príncipe Juan Carlos adjunto a la Secretaría, bajó las órdenes de Alfonso Armada, condenado años después por el intento del golpe de Estado del 23-F. Puig de la Bellacasa dejó la Embajada de España en Londres, donde era consejero del embajador, Manuel Fraga, para incorporarse a La Zarzuela. Pero duró tan sólo dos años en ese cargo por sus diferencias con Armada, que lo tachaba de liberal. Don Juan Carlos, según el periodista José Apezarena, le dijo: "Volverás".

Y así ocurrió. Puig de la Bellacasa fue nombrado secretario de la Casa del Rey el 28 de enero de 1990, al tiempo que Sabino Fernández Campo ocupaba el cargo de jefe de la institución, en sustitución del marqués de Mondéjar, que se había jubilado. La intención era que el diplomático reemplazara en breve al teniente general, que estaba próximo a cumplir los 72 años. Sin embargo, el Rey no cumplió los planes previstos: ni el primero fue ascendido a jefe de la Casa del Rey ni Sabino se jubiló. El teniente general permaneció tres años en su cargo.

Puig de la Bellacasa fue destituido fulminantemente en diciembre de 1990, aunque su salida de la Casa no se produjo hasta un mes después. ¿Por qué le retiraba el Monarca su confianza en tan poco tiempo? Sabino Fernández Campo aportó su propia versión, basada en dos razones: porque chocó con el Rey al no consentir las recomendaciones del secretario sobre su vida privada y porque Don Juan Carlos prefirió seguir confiando en él.

Los expertos en Casa Real también señalaron que Juan Carlos nunca toleró que dudara de su círculo de amistades en Palma de Mallorca, para Puig de la Bellacasa "muy poco recomendable".

La versión oficial que trascendió a la opinión pública fue que el diplomático era destituido porque no había encajado en la Casa del Rey. Poco después fue nombrado embajador en Lisboa, donde permanecería hasta 1995. Muy pocos conocían la existencia de otros motivos ocultos que precipitaron su caída, y que han permanecido en secreto 22 años.

Crisis entre La Moncloa y La Zarzuela.

La realidad es que la suerte no acompañó a Puig de la Bellacasa. Una operación antiterrorista ejecutada en el sur de Francia por la Guardia Civil y la policía gala aportó una prueba que colocaba a la Casa en una situación comprometida y al secretario en el ojo del huracán. Todo por culpa de una carambola.

El 23 de septiembre de 1990, los agentes del RAID, un grupo de élite equivalente a los GEO españoles, detuvieron en Biarritz a José Javier Zabaleta Elósegui, considerado el número dos de la banda terrorista. Conocido por el alias de Baldo, formaba parte de la troika dirigente de la banda junto a Francisco Múgica Garmendia, Pakito, y José Antonio Urrutikoetxea, Josu Ternera, y era el responsable del aparato militar de la banda. La Policía le intervino unos papeles sobre unos zulos en Navarra y en Guipúzcoa y una agenda electrónica personal marca Psion Organiser II. Pero durante el registro policial un oficial de la Guardia Civil, aprovechando un momento de confusión, detrajo con cuidado una carpeta que guardaba documentos políticos de la banda y se la guardó debajo la chaqueta. El agente jamás podía imaginar que, entre aquellos folios, que carecían de valor operativo y judicial, destacaban dos que podían provocar una crisis política entre La Moncloa y Zarzuela.

La operación antiterrorista se desarrollaba en el País Vasco francés, pero el director general de la Guardia Civil, Luis Roldán, seguía de cerca el operativo desde el despacho del teniente coronel Enrique Rodríguez Galindo, en el cuartel de Intxaurrondo, de San Sebastián. Los agentes llevaban muchos meses tras los pasos de Baldo y no quería perderse su detención. Cuando Roldán abrió aquella carpeta y leyó los folios pidió a Galindo que le pusiera inmediatamente con José Luis Corcuera, que ocupaba el cargo de ministro del Interior desde julio de 1988. Cuando tuvo a Corcuera al otro lado del hilo telefónico, le dijo con voz entrecortada: "Ministro, necesito hablar contigo con urgencia. Se trata de un asunto de máxima gravedad".

De camino a Madrid, en el helicóptero de la Guardia Civil, Roldán tuvo más tiempo para leer con detenimiento el documento etarra. Estaba escrito a máquina y ocupaba un folio y medio. Se trataba de una de las tantas minutas informativas que redactaban los militantes de la banda para informar a la dirección sobre encuentros, entrevistas y propuestas. Un sistema que ETA utilizaba desde su nacimiento y que, según los expertos antiterroristas, había que tener en cuenta porque sus redactores nunca mentían ni exageraban. Por tanto, el director de la Guardia Civil intuía que aquello iba a levantar muchas ampollas.

El escribano de los terroristas plasmaba en el documento las conversaciones que había mantenido a lo largo de meses con Juan Félix Eriz, muy conocido en la banda por su labor de intermediación. Según el escrito, el intermediario vasco se había presentado ante la organización para tender puentes de diálogo y, en esta ocasión, según él, hablaba en nombre del secretario de la Casa del Rey, Puig de la Bellacasa.

El informante de ETA afirmaba que el diplomático había entrado en contacto con un militante nacionalista "muy mayor". Reconocía también que había mantenido varias entrevistas con Eriz y que este insistía en la necesidad de buscar soluciones a la violencia.

El propio etarra destacaba en su escrito su sorpresa cuando Eriz mencionó a la Casa y el nombre de su secretario, Puig de la Bellacasa. Incluso, se atrevía a calificar a Eriz de agente de la CIA. Pero insistía en que los intermediarios siempre habían mantenido que el acercamiento se producía "en nombre del Rey". Algo que la banda siempre había idealizado, ya que su máxima aspiración era negociar con la Casa Real o con los generales del Ejército. Eriz y Puig de la Bellacasa les habían provocado esa satisfacción.

El activista de ETA mantenía que el primer contacto se había estableció a través de Juan José Etxabe, un histórico de la banda, y que ellos habían hecho sus propias comprobaciones.

Moncloa ordena destruir el documento.

Roldán se presentó en el despacho de Corcuera a las cuatro de la tarde y el ministro reaccionó con la misma preocupación que antes lo había hecho su director de la Guardia Civil. Llamó a Moncloa y pidió una cita a Felipe González.

- Tú de aquí no te muevas. Espera a que yo regrese-, le ordenó a Roldán, que permaneció en el despacho acompañado por la secretaria del ministro. A la vuelta Corcuera le dio instrucciones.

- El presidente se ha quedado con el documento y me ha dicho que destruyas las copias del papel y que de esto no hables con nadie.

Y Corcuera sentenciaba:

- No se lo comentes ni a Vera (Rafael Vera, secretario de Estado para la Seguridad y número dos del Ministerio).

Roldán asintió con la cabeza.

-¿Quieres una copia, ministro?

-No. Te he dicho que destruyas el papel, concluyó Corcuera.

A partir de ese momento, sólo cinco personas -el oficial de la Guardia Civil, Galindo, Roldán, Corcuera y González- estaban al tanto de la indiscreción de la Casa del Rey.

Luis Roldán ha confirmado a El Confidencial los datos que hoy se desvelan. El ex-director de la Guardia Civil mantiene que la narración de los hechos coincide con la realidad que él vivió.

Por su parte, el ex-ministro del Interior, José Luis Corcuera, señala que prefiere no entrar en detalles hasta que hable con Puig de la Bellacasa: “Mire usted, mis conversaciones y mis conocimientos como ministro del Interior quedan en el ámbito del despacho porque no me enteré de los hechos como José Luis Corcuera, sino como representante del Estado”.

El ex-ministro mantiene que prefiere "ni confirmarlo ni desmentirlo", pero hace una pregunta: "¿Por qué estuvo tan poco tiempo el señor Puig de la Bellacasa en la Casa del Rey?".

Cuando el periodista insiste, Corcuera se remite a su ex-presidente: "Lo mejor es que se lo pregunte usted a Felipe González. Y, por cierto, el que también sabía mucho de todo eso era el general Manglano".

El ex-ministro se refiere a quien en aquellos momentos era el jefe de los servicios secretos del CESID y mantenía una estrecha amistad con Puig de la Bellacasa.

“Creo que en aquellos años -prosigue Corcuera- hubo mucha gente que hizo lo que hizo con su mejor voluntad, creyendo que con sus pasos contribuían al final de ETA. Estaban equivocados, pero no lo hacían de mala fe. Puig de la Bellacasa es una excelente persona”.

Roldán y Corcuera entienden que, tras la visita del ministro a La Moncloa, el presidente González informaría al Rey del contenido del documento de ETA, que suponía una interferencia inadmisible en la política antiterrorista del Gobierno.

¿Hablaría con Sabino? Corcuera, sorprendido, responde: “Pero usted cree que Felipe González necesitaba hablar con Sabino para acceder hasta el Rey. ¡Por favor! Tenía hilo directo con Su Majestad. Eso era un asunto entre ellos”.

A partir de aquel momento ni Roldán, ni Corcuera, ni González jamás volvieron a hablar del incidente. Tampoco trascendió si Puig de la Bellaca tendió los puentes a ETA con el conocimiento del Rey o si fue una iniciativa personal. Pero, entre los conocedores de aquellas conversaciones secretas, nadie duda de que provocaron la salida del diplomático de la Casa del Rey.

Sabino Fernández Campo, pocos días después de la salida del diplomático de Zarzuela, entregó al Rey un informe en el que reflexionaba sobre el relevo y le recomendaba la necesidad de recopilar datos sobre el nuevo candidato: "Lo ocurrido, Señor, debiera servir de aviso para, en próxima ocasión, evitar consecuencias que en cierta medida pueden deteriorar la imagen de la Institución".

El Confidencial ha retrasado varios meses la publicación de esta información hasta poder conversar con Puig de la Bellacasa, a fin de conocer su versión personal de los hechos. Sin embargo, la espera ha sido infructuosa. Un familiar del diplomático manifestó hace unos días la imposibilidad de mantener una entrevista con él.

- Está enfermo. Ha estado un mes ingresado en la clínica Quirón y todavía no se ha recuperado. Yo le paso el recado, pero no le aseguro que le devuelva la llamada.

La salida de Puig de la Bellacasa de la Casa Real le fue comunicada personalmente por el Rey antes de las Navidades de 1990. Años después, Monarca y secretario coincidieron en un acto público y Juan Carlos le dio un abrazo y le agradeció su discreción.