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lunes, 20 de mayo de 2013

Migajas salvadoras en la cárcel de Escolapios (Iban Gorriti)

Manuel de Cos estuvo preso y relata cómo gracias a la miga y el pan eludieron ser fusilados.

"Le estoy muy agradecido al pueblo vasco por todo lo que me ayudó en la Guerra Civil y el franquismo y por lo que pude, por ejemplo, pasar a 32 personas a la clandestinidad a Francia". Lo relata desde su pueblo natal de Rábago (Cantabria) Manuel de Cos Borbolla, un histórico luchador que a sus 93 años continúa difundiendo verdad antifascista. "¡Pronto va a ocurrir algo que va a cambiar las cosas!", proclama este comunista, insumiso, republicano, ateo, ecologista, fotógrafo "intrusista" y vegeteriano que sufrió las cárceles bilbaínas de Escolapios y Larrínaga. Los fascistas le encarcelaron por un hecho que no ocurrió y luego le condenaron a muerte. Pocos años después, los nazis mataron a su padre, Donato de Cos, en los hornos crematorios de Mathaussen.

De Cos lamenta que en Euzkadi aún "hay muchas personas que no saben que en Escolapios de Bilbao hubo una cárcel. La de Larrínaga sí la conocen pero la de Escolapios no y fue terrible". La Licenciada en Ciencias Económicas y Empresariales y Diplomada en Estudios Avanzados de Historia Ascensión Badiola es una de las personas que mejor conoce este episodio histórico. En este momento, además, la autora de Cárceles y campos de concentración de Bizkaia (1937-1940) se encuentra investigando sobre ello. "Escolapios fue uno de los muchos recintos de Bilbao que tras la ocupación de los fascistas el 19 de junio, se convirtió en una inmensa cárcel", resume.

En el colegio de Escolapios, según la documentación consultada por Badiola, no se fusiló oficialmente a nadie, como sí ocurrió, por ejemplo, en Larrínaga en el patio. En esta prisión, Manuel de Cos junto a un vasco y un riojano se jugaban la vida a diario. "Siempre diré que la organización clandestina interna y externa era perfecta en Bilbao", enfatiza y deja para la historia que guardaban miga de pan y hacía bolas con saliva. En su interior incluían papeles con mensajes. Uno de ellos le salvó a vida a Manolo.

Estas bolas, las tiraban los tres por los agujeros de una ventana del tercer piso a un balcón de la calle Henao. "Teníamos puntería, aunque algunas caían a la calle que estaba vigilada por los soldados fascistas", relata. Y la casualidad no pudo ser más increíble, de guion de película. La mujer que recogía los mensajes era del mismo pueblo que Manolo de Cos. Gracias a ella, a la labor de información de Fermina García González le conmutaron la condena de muerte al joven comunista.

De Cos había sido denunciado por vecinos falangistas porque supuestamente había quemado las figuras de una ermita, cuando en realidad, él había cumplido las órdenes del cura del pueblo Cossío para que las empaquetara y escondiera por miedo a la inestabilidad bélica. Una bola de miga de pan dio a conocer a Fermina y al cura de Cossío que el de Rábago estaba en peligro de muerte y cuando Manuel ya estaba en Larrínaga a punto de que los franquistas le mataran, logró un salvoconducto.

Volviendo a Escolapios, los días de cárcel eran "durísimos", denuncia. A su juicio, "yo siempre oí que hubo 22.000 hombres" en aquella cárcel, cifra que según otras fuentes es muy desorbitada. Los carceleros les obligaban a levantarse temprano y ponían unos bidones en el patio para que se quitaran piojos y la roña del cuerpo.

Malos tratos. Badiola cita a esta cárcel de peor trato hacia el prisionero de guerra que, por ejemplo, Larrinaga, a la que se enviaba como últimos días antes de ser fusilados en Derio. "Las ventanas estaban tapiadas con maderas y si alguno se asomaba le pegaban un tiro", según testimonios que ha recogido la investigadora. Manuel de Cos, sin embargo, se jugó morir disparado. "Nosotros soltábamos varias tablas y tirábamos las bolas de pan. Las recogía Fermina", explica Manuel. La mujer en un vídeo enviado por este cántabro a este diario, explica que "las que se caían, bajaba a las siete de la mañana como que iba a misa vestida con el velo, un misal y unas llaves que dejaba caer para recoger los mensajes. Incluso pegaba patadas a las llaves para poder coger otra", evoca. "Gracias a ella y al cura de Cossío no me mataron", agradece. Fermina falleció el año pasado en México.