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sábado, 3 de noviembre de 2012

Saltan las alarmas en la Casa del Rey por la creciente espiral de abucheos a la familia real.

El Diario de los lectores influyentes -El Confidencial-  recalca que ésta situación por la que atraviesa el Heredero de Franco y toda su trouppe hubiera resultado casi impensable hace sólo unos años. Pero el profundo malestar ciudadano por los efectos combinados de la crisis y los recortes, y sobre todo el desplome de la credibilidad en la Corona a causa de episodios como el caso Urdangarín o la cacería de elefantes en Botsuana, han convertido las expresiones públicas de rechazo a la familia real en una imagen habitual.

Felipe de Borbón y su esposa, Letizia Ortiz, fueron abucheados la semana pasada a su llegada al teatro Campoamor de Oviedo para presidir la entrega de los Premios Príncipe de Asturias. Y una sonora bronca recibió Sofía anteayer en la Lonja de Valencia, que albergó la ceremonia de los Premios Jaime I.

La citada fue la tercera exhibición de hostilidad hacia un miembro de la familia real en poco más de un mes. El pasado 17 de septiembre, los abucheos a los Príncipes eclipsaron el acto de inauguración del curso escolar en un colegio público de Fuensalida (Toledo). Es cierto que el grueso de las expresiones de descontento fue dirigido contra el ministro de Educación, José Ignacio Wert, y la presidenta de Castilla-La Mancha, María Dolores de Cospedal, por los recortes educativos. Pero el heredero y su esposa tampoco se libraron de la ruidosa pitada que les dedicó un nutrido grupo de estudiantes, profesores y padres de alumnos, una representación de esa España cabreada cuya confianza en la clase dirigente está bajo mínimos.

Quienes peor parados están saliendo de esta creciente espiral de descontento popular son los Príncipes de Asturias, precisamente las dos figuras que la Casa del Rey trata de proteger y potenciar, dada su condición de -ojalá no séa así- futuros Reyes de España. La paradoja es que, al tener una agenda oficial mucho más intensa, Felipe y Letizia son también los miembros de la familia real más expuestos públicamente y, por tanto, los que sufren un mayor desgaste. El pasado mes de mayo, la pareja ya fue increpada por un grupo de ciudadanos cuando recorría las casetas de la Feria del Libro de Madrid, pocas horas antes de que el Príncipe, esa misma noche, aguantase impertérrito los silbidos al himno español y las burlas a a su padre durante la final de Copa en el estadio Vicente Calderón.

El contacto directo de Don Juan Carlos con la ciudadanía en actos públicos se ha visto sensiblemente reducido desde el estallido del caso Urdangarín y el escándalo provocado por el safari en Botsuana. Una de las razones de esa agenda menguante está, obviamente, en el desgaste del monarca provocado por la edad -el próximo 5 de enero cumplirá 75 años- y por sus intervenciones quirúrgicas, las dos últimas hace tan sólo seis meses, tras romperse la cadera durante la polémica cacería africana. Pero hay otro argumento de peso, menos evidente, para justificar su progresivo alejamiento de la calle: preservar en lo posible su figura de jefe del Estado de la ira popular. Esa estrategia explica que en los últimos meses el Rey haya limitado su agenda oficial, casi en exclusiva, a audiencias en La Zarzuela y viajes al extranjero.

Esfuerzos baldíos.

​Los esfuerzos de la Casa del Rey por relanzar la imagen de la Corona y rescatarla de los estragos causados por el último annus horribilis no han calado en amplias capas de la sociedad, a juzgar por las continuas muestras de rechazo en la calle. Ningún gesto de La Zarzuela parece suficiente para acallar ese imparable malestar: desde el castigo a Iñaki Urdangarín, apartándolo de la agenda oficial de la familia real y forzando su salida de Telefónica, a las disculpas públicas del monarca por la cacería en Botsuana, pasando por la mayor transparencia en las cuentas de la institución monárquica, el recorte en su presupuesto o el diseño, mucho más moderno, de la nueva web de la Casa Real. Todo parece quedarse corto.

​La Casa del Rey asiste con una mezcla de estupor y resignación a esta escalada de animadversión ciudadana, que unas veces se expresa de forma espontánea y, en otras ocasiones, responde al llamamiento de grupos organizados, ya sean sindicatos, colectivos de funcionarios o miembros de plataformas como el 15-M. "Cuando la calle está incendiada, como ocurre ahora, hay que aguantar y poner buena cara", asegura un portavoz de La Zarzuela. "Frente a ese malestar no podemos hacer mu​cho más, salvo ser más selectivos a la hora de confeccionar la agenda oficial", añaden las mismas fuentes.

Tampoco ayuda a rebajar la tensión el hecho de que los miembros de la familia real vayan siempre acompañados en sus apariciones públicas, como es preceptivo, por un miembro del Gobierno o alguna autoridad autonómica, ya que son éstos los que suelen atraer las mayores muestras de rechazo y descontento. En Valencia, por ejemplo, las banderas republicanas y los pitos con que fue recibida la Reina por un centenar de ciudadanos se mezclaron con los gritos de "¡ladrones!" dirigidos al presidente de la Comunidad Valenciana, Alberto Fabra, y a la alcaldesa de la ciudad, Rita Barberá.