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martes, 9 de diciembre de 2014

La triple “maldad” del antinacionalista.

Hoy en día pocas personas gustan de llamarse “nacionalistas”. El término suena mal. Funciona básicamente como descalificativo y de los gordos. Sin embargo, el concepto “nacionalismo” parece tener una capacidad explicativa muy potente para comprender el presente, al menos en España. De ahí la paradoja: el concepto que nos permite comprender mejor la conducta de los principales actores sociales y políticos es rechazado de plano por una gran mayoría de esos mismos actores.

Alguien tal vez dirá: “Pero eso tampoco es tan extraño; bien pocos partidos políticos se presentan ante la opinión pública diciendo que su motivación es la consecución del poder”. De acuerdo, pero el nacionalismo es un tipo de ideología (y, por consiguiente, entre otras cosas, una pretendida guía de comprensión de la realidad social); la persecución del poder, no.

Contra el nacionalismo suelen argüirse críticas distintas, pero destacan tres. Suelen ir juntas, pero también pueden presentarse por separado. La primera consiste en decir que no hay naciones, tan sólo individuos o, como mucho (que ya es mucho), ciudadanos. Por consiguiente, el nacionalismo se basa en un mito, una falsedad. La segunda es decir queel nacionalismo es algo perverso, algo profundamente inmoral. Tal vez haya naciones y el nacionalismo no sea un sinsentido. Pero, de lo que no hay duda es que se trata de un producto del demonio, lo más abyecto. La tercera crítica puede llegar a formularla alguien tan despierto y abierto de miras que admita que puede que haya naciones y que el hecho nacional no sea intrínsecamente malo. Sin embargo, el nacionalismo es un error porque lo que pretende conseguir ya se puede conseguir por otras vías, moralmente mucho más atractivas; por ejemplo, mediante el patriotismo constitucional o el cosmopolitismo. De todas ellas, la que más triunfa en los últimos tiempos (especialmente en los barrios ruidosos de Rosa Díez y Albert Rivera) es la primera. Parece tan contundente…

El nacionalismo se fundamenta en el mito de la existencia de la nación. El nacionalista cree que el mundo está hecho de naciones. Pero no hay naciones deambulando por la calle; ni cenando en los restaurantes; ni trabajando en la oficina; ni pagando impuestos. El mundo social está poblado tan sólo por individuos. Si hablamos de sociedades es para referirnos a las personas que las integran. Pero nada más. Cataluña no existe. Existen los catalanes. Y si España existe es en tanto que realidad jurídica y política garantizadora de los derechos individuales de los ciudadanos con DNI español”.

El problema de esta primera crítica es su triple “maldad”: su “mala fe”, su “mala metafísica” y su concomitante “mala epistemología”. Es mala fe porque atribuye al nacionalista una afirmación que hoy en día bien pocos nacionalistas reconocerían como propia. El nacionalismo liberal, que es la corriente dominante en el nacionalismo actual, no sostiene en absoluto que por encima de los individuos exista una entidad viva llamada “nación” a la que sus integrantes deben supeditarse porque a ella deben justamente su pequeña existencia. Un catalán, por ejemplo, puede afirmar que existe tal cosa como la nación catalana sin por ello querer decir que aparte y por encima de los ciudadanos catalanes existe una cosa llamada “la nación catalana”. En un cierto sentido, pues, un nacionalista catalán también afirmará que tan sólo existen los catalanes. Pero es un sentido banal.

Afirmar que existe la nación catalana significa únicamente que en Cataluña suceden ciertas cosas entre una parte substancial de la ciudadanía catalana. ¿Qué cosas? Los distintos teóricos del nacionalismo discreparán sobre qué aspecto es más relevante. Pero la mayoría de ellos coincide en señalar que las naciones se originan cuando un grupo de individuos se sienten formando parte de un mismo grupo en base a una serie de hechos y características compartidas o compartibles (una historia, una lengua, unas instituciones, unas costumbres, etcétera) y, al mismo tiempo, desean ejercer sobre sí mismos un cierto grado de autogobierno con el objeto de conservar la existencia y la prosperidad del grupo.

Así pues, las naciones no existen de cualquier modo, ni tampoco del mismo modo que se forman otras realidades humanas. No se originan en el vientre de una mujer como los bebés, ni en el huerto del abuelo como los tomates, ni en la fábrica de zapatos como los zapatos. No pertenecen a la misma categoría metafísica que los bebés, los tomates o los zapatos. Las naciones surgen cuando entre ciertas personas ocurren ciertas cosas. En virtud del tipo de actividades que se dan entre ellas y de lo que creen con respecto a ellas, aparece la nación. La nación es, como se dice en metafísica, una realidad intencional.

Pero ¿qué podría haber de misterioso en ello? El dinero también es una realidad intencional básicamente. Pero el ejemplo del dinero está ya muy manido. Pensemos en la amistad. ¿Existe la amistad? Afirmar que dos personas son amigas, ¿equivale a sostener que aparte y por encima de ellas se da una realidad supraindividual llamada “amistad”? En absoluto. Una amistad es un producto del tipo de relación que mantienen dos o más personas. Tal vez nos cueste ponernos de acuerdo sobre qué hace que dos personas sean amigas. Pero reconocer que la amistad existe no implica para nada tener que afirmar que entre ellas se da algo supraindividual, algo distinto de lo que hacen las personas en cuestión.

En un sentido banal, podemos decir que tan sólo existen los amigos. Pero para entender por qué lo son necesitamos fijarnos en qué tipo de relación mantienen. Y esa relación es bien “real”. Como lo es una relación de pareja de hecho, por poner otro ejemplo. El problema es que el antinacionalista hipostasía el concepto de nación de un modo queningún nacionalista sensato haría al decir que tan sólo existen los individuos. Pero tampoco lo haría ninguna otra persona que piense seriamente la realidad social. Pues si el motivo por el que afirmamos que no existen las naciones es que tan sólo hay individuos, ¿qué motivo hay para afirmar que existe “sociedad” alguna y no simplemente un conjunto agregado de personas?

Asociada estrechamente a esta mala metafísica palpita unaepistemología excesivamente positivista. Según esta epistemología tan sólo existe aquello de lo que podemos tener experiencia sensorial directa. Sabemos que los individuos existen porque los vemos, los tocamos, los fotografiamos, los curamos. Pero no podemos hacer nada de esto con las naciones. Por consiguiente, no podemos afirmar que tenemos conocimiento de su existencia. Como ya subrayó Ulises Moulines en su día, el positivismo extremo del antinacionalista constituye una insensatez metodológica totalmente trasnochada. Hoy en día, ningún metodólogo de la ciencia se atreve a sostener que tan sólo podemos conocer aquello de lo que tenemos experiencia sensorial directa. Las distintas ciencias están plagadas de conceptos con respecto a los cuales no existe una “experiencia sensorial directa”.

En realidad, es frecuente que algunos de los conceptos más fundamentales de una disciplina científica sean justamente conceptos sin trasunto empírico. De ahí que se los llame “conceptos teóricos”. Pero no por ello son menos importantes o necesarios. Por ejemplo,“mercado” en economía, “estado mental” en psicología, o “fuerza gravitacional” en física. No tenemos experiencia sensorial de ellos, pero juegan un papel explicativo crucial en sus áreas respectivas. Hemos llegado a ellos mediante argumentos abductivos bien contrastados. “Si existen los electrones –afirmó Moulines–, también deberíamos poder decir que existen las naciones”.

En resumen, el nacionalista tiene una clara ventaja epistemológica sobre el antinacionalista: puede poner en juego el concepto “nación” a fin de comprender ciertas conductas colectivas. Sin el concepto nación, esa conducta deviene difícil de explicar o tiene consecuencias difíciles de aceptar.

Pensemos en el caso catalán, otra vez, ahora que está de moda. ¿Qué explica el movimiento soberanista catalán? El politólogo que tiene en su caja de herramientas el concepto “nación” puede comprender la racionalidad (que es distinto de la “razonabilidad”) de la conducta de una parte importante de catalanes en base a tal noción: lo que sucede en Cataluña se explica, en buena parte, por el hecho de que Cataluña es una nación, lo cual significa que un número sustancial de catalanes afirma ser una comunidad diferenciada con derecho al autogobierno.

En cambio, el politólogo que no tiene en su haber ese concepto, para explicar lo que sucede en Cataluña, tiene que poner en juego otros conceptos. Por ejemplo, el de “manipulación de las masas”. Pero entonces tiene también que afirmar que los catalanes son, por alguna razón, más susceptibles de sufrir un adoctrinamiento irracional que otros individuos, en otros lugares, por ejemplo Sevilla, Valladolid, o Madrid. Y en esa explicación tiene que dar cuenta de cómo puede ser que una mayoría de catalanes defienda que Cataluña es una nación cuando los medios de adoctrinamiento radicados exclusivamente en el Principado (y a los que se les presupone una machacona política de adoctrinamiento) no llegan casi nunca a un 20% de share. Es decir, tiene que explicar por qué razón el mismo telediario anuncia noticias distintas dependiendo de quién lo escucha. Ardua tarea.

Éste artículo es de Joan Verges, profesor titular en el Departamento de Filosofía de la Universidad de Girona y autor del libro 'La nació necessària: llengua, secessió i democràcia' (Angle Editorial, 2014), que obtuvo el premio Ramon Trias Fargas de ensayo político en su XVII edicicón.

Sólo me encajaría un comentario al mismo. También se ha de tener en cuenta el concepto del nacionalista español, que lo es tanto como yo o un ciudadano catalán. En mi caso, mi Nación es Euzkadi, Euskal Herria... y para un catalán Catalunya, de idéntica manera que para un español su  nación es España.

Luego, un español llamando nacionalistas a vascos o catalanes no es otra cosa que un nacionalista español ejerciendo como tal y no, necesariamente, un antinacionalista.